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MUJER Y PODER

MODA #45

Desde los tiempos del Antiguo Egipto, las elecciones de vestuario de reyes, emperadores y demás líderes políticos, culturales y religiosos han estado en primera línea de atención. En la era actual de los medios de comunicación, y en lo que a poder se refiere, el efecto dominó de la estética es global. La ropa, realmente, puede hablar.

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Isabel II de Gran Bretaña no es famosa precisamente por tomar decisiones estilísticas controvertidas. Siempre correcta en su atuendo, provocó un pequeño escándalo cuando, durante el Discurso de la Reina de 2017, lució como tocado un sombrero azul con un elegante círculo de flores amarillas. Una composición sospechosamente similar a la bandera de la Unión Europea. ¿Estaba acaso su Majestad mostrando su apoyo personal a la permanencia británica en la UE? Por supuesto la Corona, como siempre, permaneció en silencio. En estos tiempos complejos, puede ser tentador ver señales secretas en todas partes. Quizás el sombrero era
efectivamente un símbolo. O tal vez era solo un sombrero. De cualquier manera, este episodio habla del gran poder de la moda para hacer declaraciones políticas.

Como medio de comunicación visual, la moda está en primera línea. En un abrir y cerrar de ojos, un atuendo puede transmitir lo que puede ser demasiado complejo, descortés o inapropiado para ser expresado con palabras. Los líderes lo han entendido desde el inicio de los tiempos y han utilizado su propio aspecto para transmitir ideas de estatus, valores y afiliaciones. La primera faraón de Egipto, Hatshepsut, lucía el torso desnudo y portaba el shenti (típico taparrabos masculino), el tocado y las barbas postizas típicas de sus predecesores varones. Mientras que reinas posteriores como Cleopatra se vistieron como mujeres egipcias canónicas, Hatshepsut fue una política inteligente que supo aprovechar la estética para afianzar su liderazgo. Avanzando (muy) rápido hasta el siglo XVI, encontramos los bordados y volúmenes exagerados de Isabel I de Inglaterra. Sus abrigos de hombros anchos y corpiños rígidos mostraban a un gobernante en todo su esplendor. Su gobierno estuvo marcado por una época en la que la exhibición de lujo se consideraba prácticamente una obligación, y ella se convirtió en una experta en el arte del espectáculo.

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Con el advenimiento de las eras modernas y la política democrática, el arte de vestir se volvería cada vez más complicado. Los líderes de hoy (y por extensión, sus cónyuges) deben aprender a navegar las demandas competitivas del poder y el populismo. Jacqueline Kennedy se alejó de la alta costura europea de sus días de debutante en favor del diseñador estadounidense Oleg Cassini cuando asumió su papel de Primera Dama. Estaba más en consonancia con la imagen del presidente John F. Kennedy de inyectar a la política de la vieja escuela un vigor joven y meritocrático. En 2008, la combinación que lució Michelle Obama de vestido de Narciso Rodríguez y chaqueta de punto de J. Crew llevó los temas de diversidad y accesibilidad desde la campaña presidencial de su marido hasta su discurso de victoria electoral. Su apoyo visible a los diseñadores jóvenes, a menudo inmigrantes, como Isabel Toledo y Jason Wu continuó durante la presidencia. La elección de siluetas que mostraban sus famosos brazos tonificados hablaba de una mujer que no tenía miedo de invertir tiempo en sí misma y mostrar los resultados.

Más allá de ser esposas de, las mujeres políticas han utilizado este escrutinio estilístico a su favor. Indira Gandhi, la única primera ministra de la India, transmitió sobriedad y orgullo nacional con sus saris hechos de khadi, textil símbolo de la independencia de Gran Bretaña. Benazir Bhutto, de Pakistán, cambió los jeans y las camisetas de su educación occidentalizada y liberal por el shalwar kameez más tradicional y el velo ligero para atraer la sensibilidad de los paquistaníes más conservadores. Que una mujer sobreviva en el mundo de la política a veces significa, sin embargo, ceder a los códigos masculinos. Tenemos una idea muy clara de cómo luce un hombre poderoso: traje oscuro, camisa de puño francés y corbata, pero no hay un uniforme complementario para una mujer que grite poder con la misma fuerza. Cuando Margaret Thatcher irrumpió en el boys´ club que era la política británica, cambió los vestidos recatados y rizos de niña de provincias por rígidos trajes sastre, peinados imponentes e incluso un tono de voz más grave. Thatcher estableció un modelo para sus sucesores, como la candidata presidencial Hillary Clinton y la canciller alemana Angela Merkel, que persiste hoy.

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El feminismo es un tema recurrente en las declaraciones de moda política. Clinton rindió homenaje a las sufragistas cuando aceptó la nominación del Partido Demócrata vistiendo un traje sastre blanco. Ejércitos de mujeres acudieron el día de las elecciones vestidas de blanco para votar por quien esperaban se convirtiera en la primera mujer presidenta de Estados Unidos. Cuatro años después Kamala Harris luciría idéntico tono en su discurso de victoria electoral como primera vicepresidenta en la historia de los Estados Unidos. Pero tanto en la política como en la moda, el liderazgo puede provenir de figuras famosas en el establishment o surgir del activismo en las calles para subvertir las jerarquías de poder. La gorra roja de camionero de la campaña de Donald Trump se convirtió en un símbolo del rechazo nacionalista de la clase trabajadora al globalismo intelectual propuesto por Clinton. El día después de la toma de posesión de Trump, las imágenes de las Marchas de Mujeres en los EE. UU mostraron ríos humanos salpicados de gorros rosados, el nuevo símbolo de la resistencia.

Si la expresión política a menudo se basa en el simbolismo de la moda ésta, a veces, ha devuelto el favor. Como creativos, los diseñadores de moda responden y comentan la dinámica social que los rodea, tornando las transgresiones en verdaderas tendencias. Coincidiendo con el primer movimiento por los derechos de las mujeres, los diseños de Coco Chanel rechazaron el corsé rígido, defendiendo una estética relajada y holgada, mezclando lo político con la liberación física para crear un nuevo vocabulario de moda. En 1966, Yves Saint Laurent amplió aún más esta libertad. Su esmoquin les dio a las mujeres las herramientas de vestuario necesarias para exhibir y disfrutar su poder. Jugó con diferentes arquetipos, incluido el traje de gángster a rayas, la chaqueta safari y el mono utilitario para crear una nueva forma de vestir sinónimo del glamuroso estilo de vida de la década.

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Chanel y Saint Laurent no vieron ninguna contradicción en vestir a damas de sociedad y hacer declaraciones radicales. Por el contrario, elevaron dinámicas provenientes de las protestas callejeras al nivel de alta costura, haciéndolas no solo aceptables, sino deseables. Fue y sigue siendo un movimiento arriesgado. Muchas de las marcas de moda actuales son tan grandes que difícilmente pueden permitirse alienar a los clientes potenciales basándose en inclinaciones políticas. Es la razón por la que las marcas de moda históricamente se han mantenido al margen de la política. La cuestión es que hoy el rechazar declaraciones políticas es, en sí mismo, una declaración política.

Pero, ¿qué pasa cuando toda la moda se politiza? ¿Todas las causas se reducen a una tendencia estacional? A través de la popularización, la moda también tiene el poder de banalizar. Las chaquetas perfecto de cuero, habiendo sido favorecidas por las bandas criminales de motociclistas y luego adoptadas por estrellas como James Dean como símbolos de rebelión social, son ahora uno de los siete conceptos básicos de vestuario según Inès de la Fressange. En lugar de expresar la profundidad de sus políticas en el diseño de su ropa, es más probable que las personas lo hagan considerando cómo y dónde se producen, cómo se anuncian, dónde se venden y qué modelo de negocio elige la marca que escogen apoyar. Los mensajes significan cosas diferentes para diferentes personas. Maria Grazia Chiuri ha sabido transmitir claramente la postura sociopolítica de Dior bajo su dirección. Pero ella no es la dueña de la empresa. Entonces, si una persona compra Dior, ¿está apoyando el mensaje de Chiuri? ¿O el de su presidente Bernard Arnault? Quizás, simplemente, quiera un vestido bonito.

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Sergio G. del Amo

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