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Paul Auster, o cómo hablar sobre la magia en la palabra y el azar

Paul Auster

Paul Auster, o cómo hablar sobre la magia en la palabra y el azar

 

Lo comentaba en el anterior artículo. No suelo atender a las entregas de premios, pero alguna vez me han servido para hacer grandes descubrimientos. Puede que de todas formas hubiera llegado de manera inconsciente al mismo objetivo, pero no está de más que te den un empujoncito para encontrar aquello que te puede influenciar en la vida. Con casi total seguridad ya había oído hablar de Paul Auster, pero aquello que me lanzó a leer ‘Brooklyn Follies’ fue que le entregaran el Príncipe de Asturias de las Letras en 2006.

He leído muchos de sus libros y no todos me han gustado por igual, pero la práctica totalidad me aportaron algo interesante. Con la obra de Auster me ocurre algo que no me ha sucedido con ningún otro escritor. Vive en Brooklyn, a miles de kilómetros de Madrid, y he leído sus libros sin un rigor temporal en la publicación, pero muchísimas veces sentía que las palabras impresas podían enfocarse hacia mis vivencias en ese momento concreto, como si fuera un amigo omnipresente que te hace ese comentario de consuelo o de bofetón en la cara a mano abierta para ponerte en tu sitio. Pero fue a finales del año pasado, 2014, mientras leía ‘El Palacio de la Luna’, publicado en 1989, cuando mi estupefacta expresión acompañaba el pasar de las páginas, y mi subconsciente recibía el mensaje como propio con lo que parecía una carta recibida a través del tiempo. Veinticinco años, nada menos.

Evidentemente todo es cuestión de interpretación. Todos tenemos algo con lo que nos sentimos más representados, y aunque las palabras de ‘El Palacio de la Luna’ no fueran para mí, algunas reflexiones del protagonista, sobre todo en el tramo final, las tomé como un consejo bien avenido que me fue de gran ayuda en un momento especialmente difícil de mi vida.

Durante estos nueve años he leído muchos de sus títulos. Como dije antes el que me sirvió como iniciación para viajar por el universo Auster fue ‘Brooklyn Follies’, uno de sus libros más realistas, con una gran historia de arrepentimiento, redención y la literatura como elemento de fondo. Muchos son los detalles que no recuerdo con exactitud, pero sí mantengo vívidas las fantásticas sensaciones que me dejó.

Le siguieron ‘La Trilogía de Nueva York’, ‘Mr. Vértigo’, ‘El libro de las ilusiones’, ‘Viajes por el Scroptorium’, ‘Un hombre en la oscuridad’, ‘Invisible’, ‘Sunset Park’, ‘El país de las últimas cosas’, ‘El Palacio de la Luna’, ‘Leviatán’, y sus dos biografías correspondientes a distintas etapas de su vida, ‘Diario de Invierno’ e ‘Informe del Interior’. Todos me han gustado aunque siempre hay preferencias. Uno de sus títulos más tapados está entre mis favoritos de todos los tiempos. Cuando buscaba referencias, escasas veces encontraba comentarios sobre ‘Mr. Vértigo’, habitualmente eclipsado por ‘La Trilogía de Nueva York’.

Pero ‘Mr. Vértigo’ siempre tendrá un lugar especial en mi biblioteca particular. Muchos son los temas que toca, hermosas las metáforas que insinúa, sin reparo por presentarnos el mundo como es, en ocasiones maravilloso y en otras cruel hasta la saciedad, mientras nos recuerda cómo el esfuerzo por conseguir nuestros sueños puede romper cualquier barrera, pero también cuán vulnerables somos a los factores externos o a la providencia, una suerte de Deus Ex Machina que no sólo se da en el arte, sino a lo largo de nuestra propia existencia. No sé vosotros, pero según pasan los años y los acontecimientos observo con cierta sorpresa y no poca decepción cómo se va deshilachando la cuerda que sostiene a la lógica. No os quiero contar mucho más porque merece la pena descubrirlo por uno mismo.

Con ‘El libro de las ilusiones’ me ocurre algo extraño. Publicado en 2002, ocho años después de ‘Mr. Vértigo’, narra la historia de un escritor agotado que vuelve a encauzarse al descubrir a uno de los últimos actores de cine mudo, caído en el olvido con la drástica transición al cine hablado. Mi pequeño “enfrentamiento” viene por la extrema similitud que encontré en algunas secciones con ‘Mr. Vértigo’. Además, cerca de su tramo final se cuenta la historia que luego serviría para la creación de ‘La vida interior de Martin Frost’, que ya había visto. A pesar de esto, ‘El libro de las ilusiones’ es una de sus obras imprescindibles.

Pero si tuviera que destacar alguna novela más sobre el resto, y aunque me cueste dejar a otras en la cuneta, serían ‘La Trilogía de Nueva York’ y ‘Leviatán’. ‘La Trilogía de Nueva York’ se compone de tres relatos cortos de gran calidad que crecen en complejidad para adentrarse en ese concepto denominado metaliteratura. El primero de ellos, ‘Ciudad de Cristal’, incluso tiene una edición por separado en formato de novela gráfica, aunque yo siempre me quedaré con ‘Fantasmas’, y es que el hecho de ver tu propio funeral en vida es algo que me pareció extremadamente destacable.

En cuanto a ‘Leviatán’, la literatura vuelve a ser el trasfondo para una historia que retoma elementos de otras de sus novelas, aderezados por la gran frustración que recae sobre Benjamin Sachs, escritor de vocación que lo abandona todo para embarcarse en una empresa mucho más radical. El libro comienza con su muerte y, desde ahí, Peter Aaron (háganse notar las iniciales P.A.), también escritor y amigo de Sachs, nos cuenta su historia, desde que se conocieron hasta los momentos más oscuros que le hicieron caer en sus decisiones más radicales. Leer ‘Leviatán’ es una de las experiencias más satisfactorias dentro del catálogo de Auster por su gran ritmo, pero además es una de sus novelas con mayor mensaje político.

Podría seguir así hasta pasado mañana, pero tampoco es cuestión de causaros narcolepsia repentina. Antes de terminar hay que indicar sus otras campos como la poesía, una de mis materias pendientes. Por otra parte está su carrera en el cine, con cuatro películas en su haber, donde destaca ‘Smoke’, una obra de arte protagonizada por Harvey Keitel y William Hurt, en la que varios personajes confluyen en una historia rebosante de los recursos habituales del autor. Auster creó un guión de ritmo pausado y melancólico, pero también de momentos llenos de esperanza. Como curiosidad, el personaje de William Hurt recibe el nombre de Paul Benjamin, pseudónimo que Auster utilizó para su primera novela, ‘Jugada de presión’.

Aún me queda material por leer, pero ya son más las cosas leídas que las pendientes. Y en cierto modo es una lástima, porque siempre me gustaría tener una novela de Paul Auster en la recámara, esa sensación de que siempre me podrá sorprender con algo nuevo. Y cuando un autor reconoce que las ideas ya se le están acabando, hay que conformarse con lo que queda y permanecer a la espera de posibles noticias.

 

Raúl Montes

SSSTENDHAL magazine
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