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SOMBRAS VIAJAR A LA OSCURIDAD

OCIO #33

SOMBRAS VIAJAR A LA OSCURIDAD

Las razones que tenemos para viajar son numerosas. Muchos buscan descubrir otras culturas y parajes, otros tantos buscan huir de la rutina y descansar. Y los hay (como un servidor) que ansiamos aventurarnos algo más allá, y sumergirnos en el lado más sombrío del pasado y escuchar sus ecos en la realidad. Y es en estos que yo llamo “lugares sombríos” donde mejor podemos dar rienda suelta a nuestro ser más irracional. Te muestro algunos.

Las casas de los asesinos siempre han sido lugares de horror. No solo por haber sido el escenario físico de los actos sangrientos de sus dueños, sino también por constituir la prueba tangible de la existencia de espacios donde la locura no tiene límite y la ley no alcanza. Son, en definitiva, lugares sin esperanza. Esta ausencia total de la más esquiva de las emociones siempre me ha resultado interesante, y me ha llevado hasta tres lugares relativamente cercanos que, por lo magnificado de sus características, merecen el primer plano. Uno está en Francia, el otro en Eslovaquia, y el último en Nueva Orleans. Otra categoría de lugares sombríos la descubrimos en esos parajes donde sabemos que ocurrió una desgracia, un accidente o un suceso dramático, y donde todavía pueden oírse los ecos de lo que aconteció.

Si un asesino asusta, un asesino noble horroriza. Cuando el poder, la fortuna y las ansias de matar se combinan, dan lugar a los peores monstruos. El primero de nuestros lugares, el castillo de Champtocé, es quizá uno de los lugares más terroríficos de Francia, y es que fue el hogar de Gilles de Rais, el asesino en serie más famoso de la Edad Media. De él sabemos que (tras luchar junto a Juana de Arco en la Guerra de los Cien Años) violó, mutiló y mató de las formas más variadas a 150 niños, la gran mayoría de ellos en las profundidades de su castillo, cuyas ruinas ahora se yerguen tambaleantes sobre una colina a las orillas del Loira. A la figura de este noble, que aterrorizó al pueblo francés durante años, le rodea un halo oscuro de nigromancia, satanismo y locura que lo hicieron digno de servir de inspiración a Charles Perrault para su personaje más oscuro, Barba Azul.

Otro castillo, esta vez al Este, en Eslovaquia, es nuestro segundo lugar. Čachtice, el hogar de la Condesa Sangrienta, se levanta amenazador sobre un risco escarpado en los Pequeños Cárpatos, al Oeste del País. Erszébet Báthory, su última inquilina, es quizás la asesina en serie más conocida, después de Jack el Destripador. Todos conocemos la historia de esta noble húngara obsesionada con mantener su propia juventud a costa de degollar y desangrar a doncellas, en cuya sangre se bañaba. El número exacto de vidas que se llevó por delante se desconoce, pero las cifras aproximadas, de alrededor de doscientas, bastan para provocar escalofríos. La oscura figura de esta noble del siglo XVI se considera sirvió de inspiración inicial para el mito del vampiro, y más exactamente para relatos tan icónicos como Carmilla de LeFanu o Drácula de Bram Stoker.

El último lugar mortífero que vamos a mencionar se encuentra en la otra orilla del océano Atlántico, y ha cobrado una inesperada fama gracias a la serie de televisión American Horror Story. Efectivamente, nos referimos a la famosa mansión LaLaurie, en el casco histórico de la ciudad de Nueva Orleans. Si esta ciudad ya de por sí nos despierta inmediatamente imágenes de lo más tenebroso, esta gran casa burguesa del siglo XVIII nos las confirma y las magnifica. Otra mujer rica y poderosa es, de nuevo, la protagonista de este episodio siniestro. Delphine LaLaurie, la señora de la casa, se labró su fama de sádica a base de torturar, mutilar y asesinar a sus esclavos de las maneras más “creativas”, para su propio entretenimiento, en la última planta de su propia casa. Quizás uno de los aspectos que hacen de esta historia especialmente impactante es la impunidad con la cual LaLaurie actuaba. Y es que hay ocasiones en las que no sabemos qué da más miedo, si Lucifer mismo, o el Infierno que lo rodea. Aun con todo y con eso, la casa ha tenido varios propietarios famosos tras la huida a Francia de su propietaria más ilustre, si bien (por lo que sea) ninguno ha llegado a habitarla de forma continuada.

Para finalizar, creo pertinente mencionar esos lugares que, más que siniestros, resultan trágicos, melancólicos, arruinados bajo el peso de la propia tristeza que encierran. Han formado parte de guerras, catástrofes o accidentes, que vienen inmediatamente a nuestra mente al poner un pie sobre ellos. Es el caso, por ejemplo, de las playas de Dunkerque o Normandía, los campos de concentración de Dachau o Auschwitz, la ciudad de Pripyat o Belchite. Todos ellos nos hablan tanto del pasado como del presente. Pasear sobre su arena, su tierra o sus calles, es pasear por la memoria de nuestros abuelos y nuestros bisabuelos, por la de todos nosotros, como individuos y como seres humanos, y aceptar la oscuridad y el caos como parte universal de nuestra historia y nuestra propia existencia. No hacerlo no hace sino perpetuar todos nuestros errores. Por eso, desde aquí, defiendo este “turismo de las sombras”. Elijamos cada uno las nuestras y partamos a descubrirlas. Solo así podremos desterrarlas para siempre.

 

Sergio G. del Amo

SSSTENDHAL magazine
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