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SIDNEY

OCIO #34

Pasé solamente cuatro días en Sídney. Mi primer destino al aterrizar en tierras australianas y con la emoción de estar y sentirme por primera vez tan lejos de casa.

Me alojé en Darlinghurst y no podía haber elegido mejor barrio, céntrico, pero tranquilo. Pronto me di cuenta de que Sídney es un lugar en el que podría quedarme a vivir toda la vida. Por esos vecinos guapos y bronceados que te saludan por la calle aún a sabiendas que eres una turista más, por la cantidad de locales originales y dog friendly repartidos por toda la ciudad, por las barbacoas multitudinarias que organizan en sus enormes parques, por su espectacular bahía que separa la ciudad en dos, rascacielos y barrios en sus numerosas colinas. Todo parecía de ensueño, y ansiaba seguir recorriéndola para descubrir aquellos lugares que hasta ahora solo había visto en fotos.

Visitar Luna Park, un pequeño parque de atracciones en la bahía, me devolvió a la infancia con sus empalagosos algodones de azúcar, refrescos multicolor, música de feria y atracciones con sabor a antiguo. Viajando aún más atrás en el tiempo, pero a pocos metros del parque, llegué a la North Sydney Olympic Pool, una piscina del año 1936, construida bajo el kilométrico puente de acero Habour Bridge que une los dos extremos de la ciudad. Compartir sol, cloro y espectaculares vistas con acalorados australianos fue el plan perfecto para escapar unas horas del potente verano sidneyés.

Una vez fresquita y seca, pero embadurnada de crema solar por aquello del agujero de la capa de ozono, me decidí a cruzar al otro lado de la bahía. Allí me esperaba la conocida Casa de la Ópera de Sídney, más menudita de lo que me esperaba, pero con las aristas más afiladas de lo que había imaginado. Tal vez esta misma impresión era la que tenían los cientos de turistas que se arremolinaban a los pies del edificio. O más bien debería decir nos arremolinábamos, porque finalmente no pude evitar sucumbir al proverbial retrato de chica con Ópera al fondo. ¡Cómo no compartir ese momento en redes sociales!

Mi tiempo en Sídney estaba llegando a su fin. Ansiaba el momento de respirar la brisa marina australiana. Y qué mejor lugar para encontrarla que en la célebre Bondi Beach. Al poner un pie en la playa sentí, por primera vez, que estaba pisando la arena de las antípodas. Cuerpos fibrados, familias, señores con turbos derritiéndose al sol con la piel ennegrecida, surfistas que cabalgan olas sorteando tiburones blancos: ¿quién no querría una Bondi Beach al lado de casa?
Me habían hablado del sendero de la costa que lleva desde esta playa hasta Cogee hacia el sur. El camino, de seis kilómetros de largo, está jalonado por enormes acantilados contra los que rompe el bravo Océano Pacífico. Conmueve presenciar la naturaleza tan pura y salvaje de esa costa. La recompensa después de varias horas de este espectacular recorrido estaba clara: un chapuzón en las heladas aguas.

Tan solo cuatro días en Sídney. Me sabía a poco, pero era hora de continuar el viaje. Me consolaba pensar que si las primeras impresiones habían sido tan positivas, lo mejor de Australia estaba aún por llegar.

 

Silvia Castillo

SSSTENDHAL magazine
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