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SAMARCANDA

OCIO #36

Debo reconocer que poco conocía de este país antes de decidirme a visitarlo un verano. Solo sabía que debía estar cerca de Kazajistán o Afganistán, por aquello de llamarse de una manera muy similar.

Fue en el momento en que pisé el ardiente asfalto de su capital Tashkent, cuando me di cuenta de que Asia Central tiene muchos tesoros escondidos, y lo mejor de todo, muy poco transitados por las hordas de turistas que te encuentras en casi cualquier rincón del mundo estos días.

Pasé por la capital de puntillas, y me dirigí directa a la joya de la corona: la exótica Samarcanda. Solamente oír su nombre te traslada a otro tiempo en el que la ruta de la seda fue una de las vías comerciales más importantes del mundo antiguo.

Un país con una riqueza cultural e histórica desbordante, de tradición musulmana, y por el que han pasado decenas de civilizaciones por encontrarse en ese céntrico enclave geográfico que separa oriente de occidente. El régimen ruso que se asentó durante más de setenta años, también dejó huella en su arquitectura y modo de vida más reciente, y sobre todo en la lengua.
La comunicación con los uzbekos me resultó en momentos un reto apasionante. Sus idiomas oficiales son el uzbeko y el ruso, a excepción de los comercios más céntricos de las ciudades donde te hablan hasta arameo para poder vender sus batas, artesanía, o simpáticos camellitos de peluche. Con el resto de personas lo que te garantizaba una buena comunicación era el lenguaje gestual, el fútbol, y la calculadora del móvil. Allí impera la cultura del regateo a la hora de comprar, y más te vale estar familiarizado con el cambio a la moneda local. Pronto descubrí que preguntar “¿Real Madrid o Barcelona?” era la mejor forma de metértelos en el bolsillo, y posiblemente la manera de conseguir buenos precios.

Aunque no éramos muchos los turistas extranjeros que deambulábamos por las principales ciudades de Uzbekistán, sí que es cierto que éramos inconfundiblemente occidentales. Algo debía llamarles la atención de nosotros, porque en varias ocasiones me hicieron sentir como una influencer de primera línea. “Photo! Photo!”, decían con una sonrisa de oreja a oreja mientras te animaban a posar con ellos. ¡Cómo negarse!

Esto me resultaba bastante llamativo, ya que no se podría describir de manera exacta qué rasgos físicos son esencialmente uzbekos. Es muy fácil ver miembros de la misma familia de piel oscura y mirada rasgada, junto con otros de tez puramente blanca, y ojos azul intenso. No es de extrañar que este mestizaje en un país que ha acogido a tan diversas culturas y etnias durante tantos siglos, se haya convertido en un signo de identidad.

La principal plaza de la ciudad siempre estaba repleta de gente. Parejas, grupos de amigos, familias enteras haciendo turismo, tomándose fotos, disfrutando de su gastronomía local. Al atardecer todos nos arremolinábamos cerca del Registán (S.XV), constituido por tres madrasas (escuelas coránicas). Todos los días durante media hora se convertía en un espacio cubierto por proyecciones de colores estridentes, que resultaba de una belleza que solo invitaba a quedarse ensimismada disfrutando de esa grandiosidad.

Las infinitas tonalidades de azul que tiñen las fachadas y cúpulas de las mezquitas en Samarcanda, colorean la ciudad haciendo contraste con los colores marrones y amarillos del terreno.

Tocaba despedirse de la ciudad para adentrarme en el interior más árido del país. Con un billete de tren en la mano, y nueve horas por delante, estaba preparada para pasar mi primera noche en el desierto. Una yurta y un cielo repleto de estrellas me esperaban.

 

Texto y Fotografía: Silvia Castillo

SSSTENDHAL magazine
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