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PASAJERO A SANTANDER

OCIO #39

PASAJERO A SANTANDER

Por mi forma de ser, quizá más por mi lado dramático, siempre me he sentido atraído por los paisajes espectaculares, la piedra húmeda, la oscuridad, el musgo y ese frío nocturno que se mete en los huesos y no hay manera de expulsar por mucho que uno se arrime al brasero. Siendo español, todo esto, aderezado con una gastronomía exquisita, tengo la suerte, paradójicamente, de tenerlo muy cerca. Basta con abordar un Alvia rumbo norte.

Hoy en día uno puede viajar en cuestión de horas a Santander, Gijón, Vitoria o A Coruña, y trasladarse a estos lugares no tiene quizá la complicación de antaño. Pero sí es verdad que “ir al norte” sigue conservando algo de misterioso que no se comenta, un poco de vuelta al pasado y, por qué no, un punto elegante de burgués de principios de siglo. Por tradición familiar, costumbre o qué sé yo, la ruta que sigo más a menudo es la que me lleva a Cantabria, tierra amable de hoja caduca, sobaos y Miguel Ángel Revilla. El cambio en el paisaje es discreto, casi engañoso. La meseta castellana, no muy diferente a la planicie madrileña que se deja tras Guadarrama, se eleva poco a poco, más allá de Valladolid y Palencia, en colinas que, de pronto, parecen convertirse en montañas escarpadas pasado Reinosa. En este curioso punto del mapa el viajero puede ser testigo de fenómenos extraños, como caídas inverosímiles de la temperatura o inexplicables chubascos salvajes. Son incontables ya las veces que he atravesado aquel valle, y no me dejo de sorprender. Vaya en tren o en coche, me agarro al abrigo casi por instinto. Aunque sé que, en el fondo, me encanta.

Tras un tramo de lentitud exasperante entre las rocas, durante la cual el tren cruje alarmantemente en un par de ocasiones, y una parada breve en Torrelavega, el transporte se vacía en Santander, a un par de minutos a pie del mar. Imposible seguir adelante. La ciudad, siempre lo pienso, es la mezcla perfecta entre lo más provinciano que puede haber y una especie de hiperextensión cosmopolita, muy probablemente alimentada por lo difícil del terreno donde se levanta y los escasos restos históricos que se conservan. De cualquier manera, siempre disfruto de un buen paseo por la orilla de la bahía, admirando los escaparates (el sentido de la elegancia está, afortunadamente, bastante generalizado) y las embarcaciones que bailan discretas al ritmo del oleaje ligero de las aguas. No hay más que caminar todo recto al salir de la estación para divisar la orilla, enjoyada por la incorporación más reciente al skyline de la ciudad: el Centro Botín. Solo le resta al viajero seguir la línea de costa e ir divisando la elegancia creciente que invade las edificaciones de la acera contraria.

Nunca desaprovecho la oportunidad de tomar algo en mis tres lugares de referencia. Por orden de aparición de camino hacia el Palacio de Festivales (busca un prisma verde, azul y rojo hacia el norte), Las Hijas de Florencio es uno de mis locales favoritos, quizás por su curiosa forma de pasillo, que esconde al fondo un espacio agradable y tranquilo, que se llena lo justo y siempre está animado. Vino o caña tanto da, lo importante es pedir unas buenas rabas para inaugurar la estancia en Cantabria o probar cualquiera de sus pinchos. Lo mismo puedo decir de la siguiente parada: el Casa Lita, un lugar de pinchos que es ya un clásico de la ciudad y que en cuanto sale el sol se convierte en un auténtico hervidero. La clave está en atrincherarse en un rincón y aguantar el tipo, como siempre. El último lugar, ya pasado el Palacio que mencioné antes, está un poco más escondido. Bar El Cocinero es su nombre, y lo encontraremos en la última casa de pescadores que queda en todo el waterfront del puerto. Es una de las joyas escondida de la ciudad, y vale la pena molestarse en reservar y disfrutar de una comida completa con unas vistas maravillosas de la bahía. Si esta es tu preferencia (y he de confesar que la mía también) hay además varios restaurantes que deberías visitar.

Cerca de El Cocinero, junto al antiguo taller náutico, encontramos la Caseta de Bombas, un antiguo edificio portuario convertido en un maravilloso local de moda con una decoración exquisita y pescados preparados como pocas veces habrás visto. Algo más alejado (igual te cuesta un poco encontrarlo) está otro pequeño “secreto”, El Serbal, que en 2019 consiguió su merecidísima primera estrella Michelin. Y no podemos olvidarnos de la Casona del Judío, un nombre imprescindible en la ciudad que, además de encontrarse en un entorno incomparable, trabaja con menús únicos cada día que incluyen maridaje y productos locales. Si eres más de dulce, casi cualquiera de las confiterías del centro harán tus delicias (incluida la icónica La Gallofa, que está presente en toda Cantabria). Un consejo: en verano, merece la pena acercarse a la parte trasera del centro Botín. Un pequeño carrito sirve unos helados de queso y café que son un gran descubrimiento para todo el que los prueba.

Nuestro camino continúa hacia la salida de la bahía, dirigiéndonos hacia el Palacio de la Magdalena y su zoo entre las rocas. Ya hemos hecho más que suficiente acopio de fuerzas, y toca caminar y descubrir. Pero en la próxima ocasión, ahora no me quedan más palabras por gastar y, de todas formas, la mejor manera de disfrutarlo es vivirlo. Así que, si planeas acercarte por Santander, reserva ya los billetes, que se ponen caros.

 

Sergio G. del Amo

SSSTENDHAL magazine
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