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JAULAS DE ORO

OCIO #41

En estos tiempos extraños que nos toca vivir, muchos estamos redescubriendo el concepto de hogar. Día tras día, paseo tras paseo, descubrimos rincones en los que no habíamos reparado hasta ahora y que nos despiertan multitud de sentimientos encontrados. Todos, desde el emperador más grande al individuo más discreto, necesitamos un lugar seguro en el que refugiarnos cuando la vida se hace demasiado difícil de soportar.

El maestro absoluto en convertir el hogar en un teatro del ego fue, sin duda, Luis XIV de Francia, el rey Sol. Versalles es el culmen de lo absoluto, un monumento tan hermoso como siniestro al control de los sentidos. Sin embargo, si uno sabe mirar, más allá del brillo de los espejos, apartados de la visita habitual y normalmente pasados por alto, se encuentran los llamados Appartements Privés, construidos por Louis XV y Louis XVI y testigos de la cara más discreta de la dinastía Borbón francesa. Lejos de lo que la fama de María Antonieta pudiese sugerir, la última pareja real nunca disfrutó demasiado de la pompa que había imperado en Palacio durante casi un siglo, y llevaba a cabo gran parte de su vida cotidiana en estas alas más reducidas y resguardadas de la vorágine de la Corte. La estructura de estos appartements es muy similar a la de los pisos burgueses que habían comenzado a ponerse de moda en la capital francesa y su decoración, plagada de referencias personales a la vida privada de los monarcas, huye de la grandeza demodé de las estancias de aparato. Resulta conmovedor pasear por estas salas hoy vacías e intentar comprender realmente la dimensión humana de unos personajes que a menudo reducimos a meras anotaciones en libros de texto.

Muchos son los personajes que han ostentado puestos de gran poder y han sufrido esa profunda sensación de ahogo y soledad que supone gestionar la relación entre un complejo mundo interior y una imagen pública sobreexpuesta. Es el caso de una de las gobernantes más importantes de la historia, Victoria de Inglaterra, cuyo reinado marcaría toda una época. Durante sus años de matrimonio con Alberto de Sajonia, la pareja real ya gustaba de llevar una relajada vida familiar en Osborne House, una hermosa propiedad con aires de villa italiana en la Isla de Wight que fue testigo de escenas cotidianas que no tenían cabida en la Corte londinense. Tras la muerte de su esposo la monarca se iría sumiendo en un estado cada vez más melancólico, que la llevó a buscar sosiego en soledad. Su intento más tangible es sin duda la finca conocida como Glas allt-Shiel, construida cerca de Balmoral como su “hogar de viudedad”. Esta discreta casa de piedra gris rodeada de bosques, a orillas del lago Muick, le sirvió de refugio para poder retornar a su esencia del ser y soportar el peso de sus propios recuerdos. No resulta difícil, observando la presencia discreta de la construcción contra los dos imponentes picos que le sirven de escenario, imaginarse la pequeña figura velada de la emperatriz de la India surcando las aguas tranquilas en busca de paz.

Un gran genio muchas veces viene acompañado de un gran sufrimiento. La historia de la creatividad humana está plagada de mentes hipersensibles y enfermizas, individuos atormentados por sus propios anhelos y pulsiones en búsqueda constante de redención. Una de estas mentes prodigiosas fue la de Yves Saint Laurent, aquejado de un trastorno maníaco-depresivo y con una personalidad compleja tendente a la timidez y marcada por traumas infantiles. No es de extrañar que el creativo buscase junto con su alma general, Pierre Bergé, un lugar donde poder huir de la vorágine de la moda parisina y trabajar en sus colecciones en un entorno más tranquilo. Este refugio lo encontró en Marrakech, en la antigua vivienda del pintor Jacques Majorelle. La conocida como Villa Oasis, con sus espectaculares interiores de marquetería, sería testigo de la faceta más privada del diseñador. Allí pasaría sus temporadas de sosiego y reuniría a sus amigos más cercanos, olvidándose por un tiempo de sus turbulencias emocionales y ampliando su visión creativa. No es casualidad, al fin y al cabo, que una de sus colecciones tuviese ese estilo árabe que todos conocemos; los aromas del ras el-hanout y las voces de los muecines podrían cautivar a cualquiera.

A veces, entre la cima y el fondo hay solo un empujón. El camino de la fortuna es traicionero, y un paso en falso puede abocar un futuro brillante a una triste existencia. Bien lo sufrieron en propias carnes dos mujeres que se han convertido por derecho propio en iconos de la cultura americana y televisiva del siglo pasado. Big Edie y Little Edie saltaron a la fama en 1976 gracias a un documental que mostró al mundo su vida en Grey Gardens, la propiedad de los Hamptons en la que habían vivido durante 50 años en unas condiciones cada vez más precarias. Las dos mujeres, tía y sobrina respectivamente de la por entonces ya ex Primera Dama, Jacqueline Onassis, convivían en una de las 28 habitaciones de la mansión rodeadas de gatos y otros animales mientras la edificación se degradaba a su alrededor ante los vientos del mar, invadida por la naturaleza, olvidada por el mundo. La imagen que quedaría de las dos mujeres en los que hemos sido testigos de su historia sería doble. Hubo quienes hablaron de patetismo y tristeza. Otros, la mayoría, supieron ver la profunda dignidad de aquellos dos seres humanos que se resistían contra viento y marea a abandonar su hogar, sus recuerdos; su historia.

Seamos quienes seamos, rey, genio, bohemio o mártir, vale la pena luchar por nuestra propia identidad y por lo que importa, incluso cuando eso suponga, a veces, dar la espalda al mundo que tanto amamos.

 

Sergio G. del Amo

SSSTENDHAL magazine
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