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IMPRESIONES JAPONESAS

OCIO #42

IMPRESIONES JAPONESAS

Llámame romántica pero la emoción que suponen ciertas vivencias dentro del viaje se quedan grabadas para siempre y normalmente son inesperadas. Tokio, por ejemplo, es una ciudad diferente, aunque ciudad al fin y al cabo, bien de asfalto y grandes edificios. ¿Y Tokio de noche? Repleta de luces de neón y gente, mucha gente. Imborrable. Pero os voy a contar otra versión de viajar por Japón.

-Podríamos hacernos un viaje- comentó él mientras esperábamos que el camarero nos tomara nota.
-¿Nos vamos a Japón?- pregunté. Como si de Benidorm se tratara…
-Vale!- Dijo sin pestañear.

Entonces acabas en Japón. He de decir que para ciertos preparativos es como si estuvieras haciendo el trabajo de fin de máster pero no os voy a aburrir con eso porque este destino está lleno de experiencias únicas. Las islas tienen un no sé qué que me atrae muchísimo, creo que es culpa del mar… En fin, experiencias únicas estábamos comentando. Pues bien, os contaré algunas que difícilmente desaparecerán de mi memoria.

Bajo un cielo de cables, pisos de poca altura y casas bajas paseábamos por nuestro barrio, Shibuya, en Tokio, por las callecitas del distrito residencial de Honmachi entre niños camino del cole y señoras con mini escobas barriendo la entrada de sus casas en mi empeño por saltarnos las normas de citymapper y la insistencia de encontrar un supermercado normal o un mercado de barrio donde las familias hicieran la compra, porque era imposible que solo se abastecieran en los millones de 7-Eleven que hay por toda la ciudad. Esa sensación de sentirse un poco más parte del barrio y un poco menos turista, salvando las distancias, claro, me hizo ver el Tokio que habita debajo de los neones y las avenidas abarrotadas y en el deambular encontrar el Templo budista Shōgonji, un resquicio de tradición inesperado. No es que sea como caminar por el distrito de Arashiyama, en Kioto, que por su arquitectura tradicional te transporta a épocas pasadas (muy recomendable la visita, por cierto). En las calles de Honmachi puedes pensar que eres una tokiota.

La isla rodeada de islas, entre agua y pinos japoneses, así es Japón. Trenes y ferrys definen los intermedios entre destinos, un placer en mi caso, que me encanta viajar en tren. Cada máquina tiene su encanto, como ya habréis imaginado me gustan con solera por lo del romanticismo. Para llegar a Naoshima, la isla del arte, tienes que pasar por un tren de alta velocidad, uno con solera y un ferry, no es algo sencillo pero merece la pena. Es inexplicable la cantidad de preciosas playas, desiertas de humanos, que acompañan el trayecto en un enclave espectacular donde la primera parada de nuestra ruta del arte nos hace caer en una playa con restos de lo que sin duda es el fuselaje de una nave espacial: Shipyard works’ de Shinro Ohtake. No parece una instalación sino un verdadero accidente interestelar. Me fascinó.
De todos los complejos e instalaciones artísticas de Naoshima tampoco puede faltar la visita a Chichu Art Museum, no solo por guardar piezas de Turrell, De Maria y Monet, sino por el edificio en sí, obra de Tadao Ando, un genio de la arquitectura. Eso si, la restricción de aforo y a su vez la nueva restricción en cada sala genera un tanto de extrañeza que se combate con la experiencia de la visita.

Y nos vamos a Miyajima, ¡¿qué hay más turístico?! Si obvias el montón de personas persiguiendo a los pobres ciervos, es un enclave de película. Perfecta para comprar los mejores souvenirs, comer de lujo y pasear por el famoso santuario de Itsukushima, pero nada se compara a la paz del Santuario Toyokuni. Pasear descalza (este detalle es obligatorio) por el Senjokaku, que significa literalmente pabellón de las mil esteras, es inigualable. La brisa te acompaña entre la estructura de madera abierta al exterior, verde donde fijes tu mirada, la famosa pagoda en cierta vista, el mar en otras y no quieres que acabe, paseas por los tatamis, te sientas a contemplar o simplemente estás. Pasarías allí todo el día, de verdad.
Este templo fue construido a petición del samurái Toyotomi Hideyoshi, los techos, repletos de pinturas hacen referencia a la historia, desde batallas medievales hasta representaciones budistas.

Amanohashidate es una joya en la bahía de Miyazu. Este pueblo diminuto es algo inaccesible, por eso su encanto es mayor. La lengua de arena cubierta por infinidad de pinos japoneses da lugar a una preciosa playa para pasear, darte un baño o disfrutar del espectáculo de luces y música por la noche. La panorámica desde su mini parque de atracciones en lo alto de la colina da buena cuenta de la llamada “vista del dragón volador”. Y claro, aunque sea un parque de atracciones para niños uno hace lo propio inevitablemente.
Desayunar con vistas a la bahía y descubrir que ese emblemático puente que une el pueblo y el paseo de pinos es giratorio para sorpresa de los que van a cruzar te saca una sonrisa, por no decir lo que produce ver a los Vetusta Morla de Amanohashidate en pleno concierto a los pies del templo Chionji una noche de verano cualquiera.

Es el destino ideal para alojarte en una habitación tradicional y disfrutar de un onsen privado. El final perfecto para que la vocecita te susurre: Algún día volveré. Seguro que volveré.

 

Texto: Silvia Pino – Fotografía: Raúl Cabanes

SSSTENDHAL magazine
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