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GUCCIFICATION

MODA #38

Posverdad fue la palabra del año en 2016. Esto, al modo de ver de muchos, no resultó más que una confirmación de lo que cualquier persona con cierta capacidad de observación ya había apreciado: el hecho de que nos encontrábamos ya en un mundo líquido, deconstruido, y que aún estábamos (y estamos) aprendiendo a gestionar.

Estamos en crisis. Desde el año 2007 nos han bombardeado con este mismo mensaje. Todo va mal. La hemos fastidiado. No hemos sabido comportarnos, y ahora estamos pagando las consecuencias. Algunos lo han sentido en sus propias carnes, mientras otros se sentían culpables de llevar una buena vida a pesar de todo. Mientras tanto, nadie sabía nada, y todos dábamos palos de ciego para encontrar el sentido a una vida que, hasta ayer mismo, se nos presentaba clara y concisa, con unas reglas sólidas que nos daban seguridad. Después, ocurrió la Primavera Árabe, Wikileaks y Trump, el Brexit y Khashoggi. ¿Qué nos ha pasado? ¿Acaso, mientras nosotros veíamos Netflix, el mundo se desmoronaba a nuestro alrededor?

Las implicaciones de este estado de las cosas son observables en el campo de la moda. Esta indeterminación total, junto con el ansia millenial por la diferenciación y su actitud de resistencia, la resaca del minimalismo de finales del siglo XX y el gran vacío de relato cultural (que nos lleva aquejando desde principios del siglo pasado) vieron nacer, con la influencia de estéticas provenientes del este de Europa y de la mano de nombres como Gosha Rubchinskiy o Demna Gvasalia, lo que hoy conocemos como feísmo. Recogiendo referentes que van de lo hortera a lo marginal o directamente rayando en el mal gusto, estos dos creativos totales atacan y abrazan a la moda por igual, riéndose de ella y aprovechándose de su locura al mismo tiempo. Esta corriente, compleja en grado sumo y de interesantes implicaciones en todo el espectro de actividad de la moda, encuentra su gran referente estructural en lo que podríamos llamar el “fenómeno Gucci”.

Este fenómeno Gucci, la tormenta perfecta de nuestro tiempo, lo podemos encontrar por todas partes. Basta revisar la cuenta de Instagram de cualquier influencer para ver cómo luce unos cuantos productos con las omnipresentes Gs enfrentadas. Y es que la marca se ha convertido ya en un símbolo en sí misma (tanto como mensaje como indicador de estatus, aunque nada que no hayamos visto antes), y sus productos en iconos totales del mensaje que Alessandro Michele ha concebido para el mundo. A saber: inconformismo y provocación estructurales que referencian constantemente un pasado pop indeterminado, alimentando una nostalgia que, en el fondo, indica la ausencia total de relato cultural. Nos perdemos, por así decirlo, en tanta referencia desesperada, que el mensaje se licua, a imagen del tiempo que lo ha visto nacer, y que exige un pliegue constante sobre sí mismo que acaba reduciendo el plano coherente a una caricatura que pende de un hilo.

Como por efecto osmótico, este fenómeno se filtra a las pasarelas y las pantallas de todo el mundo. El hype, ese término que hemos acuñado para designar la neurosis consumista que las redes han colectivizado, seduce a diseñadores, estilistas y encargados de marketing por igual, haciendo que muchos nos cuestionemos la razón de ser de las pasarelas hoy en día. ¿Son algo más, acaso, que un escaparate al servicio de la maquinaria de ventas de la marca? ¿Cuándo pasamos de concebir un desfile como una muestra orgullosa de producto a percibirlo como un espejismo? Muchas de las prendas que se exhiben sobre las modelos no verán la luz del día. La brújula de la moda encuentra así el norte en lo mercantil y no en lo estético, que se pone al servicio de las necesidades comerciales. Lejos quedan ya los tiempos de genio y teatro, que se refugian en la restrictiva alta costura, alejada de esta manera, paradójicamente, de lo que representa la moda hoy en día. Sin embargo, lo que no ha mutado es su esencia cambiante, y el péndulo de lo atractivo volverá a oscilar sin remedio casi sin que nos demos cuenta. A dónde nos llevará es otra historia.

 

Sergio G. del Amo

SSSTENDHAL magazine
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