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EL NUEVO ORDEN

MODA #42

El mundo ha cambiado. Aunque quizá no podamos verlo a simple vista, tras casi tres meses viviendo una existencia completamente nueva, no somos los mismos. Algunos se han hecho preguntas, otros se han olvidado de la realidad, y no pocos se han propuesto luchar contra ella creando la suya propia. En esta tesitura los creativos nos vemos obligados a cuestionarnos el papel que debe tener nuestro trabajo en el nuevo mundo que se nos presenta.

Quizás por ser un tema incómodo de tratar, el hecho es que resulta extraño hablar hoy en día de militancia política y social en la moda. Es cierto que desde hace mucho tiempo, el vestir de cierta manera o transgredir ciertas reglas estéticas se ha considerado una suerte de performance anti establishment. Tensionar el orden establecido era lo que hacían las mujeres ciclistas de la Belle Époque llevando pantalones por primera vez, o lo que intentaron los hijos e hijas de los guillotinados durante el Terror paseando sus atuendos de incroyables y merveilleuses por las calles de París. Hoy en día, navegar indistintamente entre lo masculino y lo femenino empieza a ser cada vez más un manifiesto político. Sin embargo, no hablaremos en este caso de militancia individual, que utiliza la moda como un (magnífico) instrumento al servicio de las convicciones y la identidad de cada uno, sino del papel activo que puede jugar ésta como industria para conformar el mundo que la rodea.

Si algo hace de este sector especialmente difícil de tratar es su naturaleza compleja y su estado de constante evolución, inevitable por el vínculo que lo une con el devenir de la historia. En sus inicios, la moda existía para alimentar las ansias de distinción de las clases altas; un juego de seducción con la única pretensión de eclipsar en esplendor al adversario y mantener los privilegios del abuelo. El comercio exterior en constante crecimiento y el saber hacer de los maestros artesanos surtían los arcones de la nobleza, el clero y la burguesía acomodada de sedas y brocados, mientras el grueso de la población sobrevivía con una sola manta raída. Así, a grandes rasgos, seguiría siendo hasta finales del siglo XVIII. Lo que se da en llamar la Gran Renuncia masculina pondría por primera vez en relieve la importancia de la semántica de la moda en el entorno político y social, despojando a los hombres de la tramoya del Antiguo Régimen y convirtiéndolos en verdaderos ”hombres de Estado” modernos.

La industrialización marcaría el siguiente siglo, generando hombres y mujeres fabricados en serie. Aunque este fue un tiempo complejo, y la estética de las sufragistas o los sindicalistas es reconocible para todos, la moda había pasado de ser un discreto trabajo artesanal a una industria como otra cualquiera sin demasiada personalidad. Sería el esplendor de las casas de moda, desde principios del XX, el que mostraría al mundo el verdadero poder del vestido. El ascenso de la figura del diseñador como genio creativo, con universo y criterio propios y promesas de singularidad cambiaría el panorama para siempre, poniendo a la industria en el mapa social en un entorno en rápida democratización a todos los niveles. Son estos creativos individuales, por su capacidad de apostar personalmente por la novedad, los que habrían de traer cambios relevantes en el estilo y, por así decirlo, “agitarían” un poco el ambiente. No hay más que ver la que lió Christian Dior en Estados Unidos con el New Look, exhibiendo la imagen de una Francia boyante que a los americanos, impulsores del plan Marshall, no les gustó ni un pelo. O, cómo no, el shock de ver a mujeres empoderadas vestidas de esmoquin que le debemos a Saint Laurent.

A partir de los 70 todo cambia a gran velocidad. El viejo régimen de las casa de modas da sus últimos coletazos y, en ese mar de incertidumbre, aparece una nueva (y numerosa) generación de diseñadores que generan una miríada de nuevas propuestas estéticas. Vivienne Westwood se convierte en el primer ejemplo de un creativo implicado, que utiliza la moda para transmitir un mensaje e intentar provocar un cambio. Provocar, de hecho, se convertirá en el principal objetivo de estos nuevos creadores en las décadas siguientes que, ya fuese por el exceso, como Galliano, o por ofrecer una visión tan oscura como verdadera de la realidad, como McQueen, dejarían más tarde una impronta permanente en la historia de la moda moderna. La individualidad creativa frente a la vieja guardia era la tónica general, y lo que erigiría a los diseñadores como nuevas superestrellas, alejadas del elitismo que había dominado la industria durante todo el siglo. Ahora, el talento de Galliano se podía equiparar al de cualquier pintor consagrado y nadie levantaba un dedo.

Casi parecería que respondiendo a esta oleada de genio individual y, no vamos a negarlo, aprovechándose de ella, el señor Arnault decidió lanzarse a corporativizar la moda, convirtiendo a grandes marcas de lujo históricas en tentáculos del leviatán que hoy conocemos como LVMH. Aunque en un principio esto supondría un impulso para una industria en gran medida estancada, a la larga el acaparamiento del sector por parte de una perspectiva meramente monetaria terminaría estancándolo. En la actualidad, cuesta encontrar una colección de alguna de sus firmas que no resulte rutinaria o directamente aburrida, por mucho que María Grazia Chiuri se convenza de que estampar citas profundas en camisetas blancas de Dior es activismo. Así, la moda se ha convertido en los últimos años en un sector dormido, que alaba lo “pulido”, lo que no daña, lo que no hace ruido ni incomoda. No hay más que analizar el ascenso de Virgil Abloh o Jacquemus para entender este fenómeno. Pero, ¿hasta cuándo durará esto? ¿Acaso se dirige la moda hacia un vacío total? ¿Hacia la desconexión?

La cuestión es que la desconexión no tiene cabida en el mundo que se nos presenta. Las circunstancias actuales nos obligan, de una forma u otra, a tomar partido. Como profesionales de la moda, nos encontramos en una posición privilegiada. Somos a la vez sociólogos, artistas, comunicadores y activistas. Esto nos coloca en un lugar en el que mantener la neutralidad puede resultar irresponsable. Además, nunca antes nuestra visibilidad había sido tan amplia como ahora; a través de las redes sociales, un mundo que antaño se antojaba inaccesible se ha tornado en un inmenso bosque de ideas abierto a todos. La moda es, hoy en día, de las armas más poderosas que existen para inspirar el cambio social. No solo por sus profundos vínculos con lo que supone el ser humano, sino por su propia naturaleza como lienzo para la propia identidad. En un ambiente que incita cada vez más a la división partisana, implicarse en la propia identidad hasta sus últimas consecuencias es, en verdad, un acto revolucionario y es, probablemente, lo que nos salve en última instancia de perdernos del todo. Por eso, pienso que la responsabilidad de los nuevos creativos es mayor que nunca. Cualquiera puede producir algo hermoso, pero pocos pueden aspirar a cambiar el mundo con ello.

 

Sergio G. del Amo

SSSTENDHAL magazine
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