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DE LO DIVINO Y LO HUMANO

OCIO #30

DE LO DIVINO Y LO HUMANO

La relación del hombre con sus dioses siempre ha sido compleja. Cada civilización, fuera cual fuese su ente de devoción, desarrolló un sistema de creencias y prácticas religiosas delimitado, buscando aportar solidez a su fe colectiva. En este ámbito, es innegable la importancia de los lugares sagrados, tanto como lugar físico de manifestación de la misma como objetos de adoración de pleno derecho. Aquí descubriremos algunos de estas menos conocidas “puertas a los cielos”.

Las montañas siempre han maravillado al ser humano. Además de resultar una clara representación de lo inaccesible e insondable, se han constituido a lo largo de la historia como verdaderas interfaces entre el mundo de lo divino y el mundo tangible. Un ejemplo claro lo encontramos en Uluru (Ayers Rock), montaña sagrada de los aborígenes australianos, elevándose 863 metros en mitad del Territorio del Norte del país oceánico. En este caso, el propio montículo es el objeto de devoción, y de tal calibre que el gobierno prohíbe la entrada a cualquier turista curioso. En el interior, solo accesible a los propios aborígenes, se encuentran pinturas de gran belleza y antigüedad, testigos de creencias ancestrales que, afortunadamente, aún encuentran continuidad. Otro caso similar lo encontramos en el santuario egipcio de Gebel – Barkal, en Sudán. Este macizo de arenisca de 100 metros, por su peculiar perfil (similar a una cobra erguida en la frente del faraón) fue lugar de devoción durante siglos, considerado el hogar del mismísimo Amón. Hoy en día, del templo que se construyó a sus pies no quedan más que vagos restos, y el nombre de Amón ya solo lo susurran las arenas del desierto. Aún así, la escena continúa resultando igual de sobrecogedora que en tiempo de los Señores de las Dos Tierras.

En algunos casos, que se pueden relacionar con una clara aspiración hacia lo telúrico, y/o el recogimiento propio del rezo, encontramos lugares de culto excavados en la misma roca, ya sea semejando tipologías reales de edificación o simplemente constituyendo cuevas sagradas. Un caso es, por ejemplo, la Iglesia Monolítica de Saint Émilion, en el Périgord (Francia), excavada directamente en un macizo calizo en pleno centro de la villa. Con 11 metros de altura y unas sorprendentemente vastas dimensiones (se hubieron de retirar 15.000 metros cúbicos de roca para conformarla) resulta verdaderamente sobrecogedor penetrar en ella, a la tenue luz de los escasos focos que alumbran su interior, utilizado desde su construcción (siglo XII) también como lugar de enterramiento. De forma similar, en Myanmar podemos encontrar las cuevas de Hpo Win (o Powintaung), un total de 947 cuevas de diverso tamaño, en su inmensa mayoría excavadas por el hombre, que presentan una decoración exquisita, contabilizándose unas 2.600 estatuas de Buda en su interior. Es de notar que algunas de las cavidades solo admiten el acceso de creyentes, al tratarse de un lugar de peregrinación, dedicado a Po Win Shin Ta, la madre protectora.

Innegablemente, sin embargo, la fascinación humana siempre se ha orientado con más intensidad hacia las alturas. Las alturas y cimas de los montes, sagrados o no, siempre han ostentado un lugar prominente en la devoción popular. El Olimpo o el Horeb son solo algunos de los ejemplos más conocidos. Sin embargo, podemos encontrar otros casos realmente interesantes. Es el caso del monasterio de Sümela, que parece colgar peligrosamente de los escarpados acantilados del valle de Altmdere, en Turquía. Fundado en el siglo IV, según las leyendas por dos sacerdotes que descubrieron un icono milagroso de la Virgen, su existencia ha sido accidentada, atravesando varias etapas de ruina y abandono, el cual se hizo permanente después de la Primera Guerra Mundial. Actualmente, ya restaurado, alberga un museo. En Italia encontramos un caso similar. En un espectacular paraje del Piamonte, a 1.000 metros de altura, se yergue imponente la Sacra di San Michele. Este complejo monástico del siglo X forma parte de la conocida como Línea de San Miguel, que a través de siete santuarios lleva de Cornualles a Jerusalén en línea recta. En días nevados y brumosos, el espectáculo de su presencia es impresionante, y no sorprende que sirviese de inspiración para Umberto Eco en su ‘Nombre de la Rosa’.

Es precisamente la unión de la mencionada fascinación por las alturas y el deseo de trascendencia lo que llevó a ciertas elevaciones a constituirse, de hecho, en lugares de reposo eternos, lo más cercanos posible a los dioses o al camino al más allá. Es en Oriente Medio donde se hallan los dos siguientes lugares. Por un lado, encontramos, una vez más en Turquía, el monte Nemrut, lugar de enterramiento de Antíoco I (si bien su tumba aún no se ha hallado). Su cima se encuentra plagada de cabezas de piedra, separadas de las colosales estatuas que custodian su túmulo, y de partes de lo que fue un gran friso, con interesante combinación de los estilos griego y persa. Algo más hacia el Este, a las afueras de la ciudad Iraní de Yazd, se levantan orgullosas sus antiguas Torres del Silencio, donde se llevaba a cabo el ritual de “enterramiento” zoroastrista. Se trata de un foso rodeado de una serie de gradas con diversos compartimentos, donde se depositaban los restos mortales de los creyentes para que fuesen devorados por las aves carroñeras, siguiendo el precepto de que la carne humana, impura no podía unirse con los elementos de tierra y fuego. Actualmente, esta práctica se mantiene principalmente entre los parsis de la India.

Entonces descendió el Señor sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte, y llamó el Señor a Moisés para que subiera a la cumbre, y Moisés subió.
 

Sergio García del Amo

SSSTENDHAL magazine
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