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Ficciones – Día del Libro

Ficciones. Día del Libro

Ficciones – Día del Libro

 

Madrid, 23 de abril de 2015. Es el Día Internacional del Libro, las tradiciones se concentran para convertirlo en un día especial para mucha gente en España y en gran parte del mundo. Rosas, libros y el simple acto de regalarlos a alguien, o utilizarlo como simple excusa para comprarte esa novela que querías desde hace tiempo.

Hace una tarde espectacular, la temperatura es perfecta, los días se hacen cada vez más largos, la luz le gana terreno a la oscuridad y el sol rellena cada recoveco de la Puerta del Sol. Estoy en una cafetería terminando mi capuccino mientras en la mesa vecina se les derrama el té en una cascada que se precipita hacia el suelo. Desde mi posición puedo ver el bullicio que hay en el exterior, atestada de gente, como siempre, la plaza mantiene ese encanto particular e inigualable de la zona centro madrileña que ha visto tantas cosas ocurrir a lo largo de los años. Resistencias de invasión, proclamas políticas, manifestaciones, campanadas, atragantamientos, Tío Pepe e incontables borracheras.

Pero hoy hay más gente de la habitual. La gente se aglomera en la calle Preciados ojeando entre los puestos que han colocado especialmente por el día que es, libros por todas partes, un parque de atracciones para cualquier aficionado a la lectura. Abandono la cafetería y me uno a la muchedumbre. Mientras echo un vistazo para decidirme por la inevitable compra, veo de soslayo un rostro que me resulta familiar. Quizás mis ojos me engañen, pues nadie más parece reconocerle. Tiene un libro en la mano pero no alcanzo a ver el título. Diría que es un libro de Murakami, pero lo deja en la estantería y se acerca a mí. ¡Es Paul Auster! Me saluda con una palmada en el hombro, como si nos conociéramos de toda la vida. En sus movimientos deja patente que tiene algo de prisa, hablamos escasos segundos y parece realmente contento. Mi perplejidad es notable y notoria, especialmente cuando me acerca dos de sus libros que aún no he leído, ‘Informe del interior’ y ‘La música del azar’. En ese momento recuerdo algunas de sus novelas, la preciosa historia de redención personal que es ‘Brooklyn Follies’, la América profunda y la superación personal en ‘Mr. Vértigo’, la amistad y la frustración artística de ‘Leviatán’. Y cómo no, la fantástica autobiografía al estilo Auster, ‘Diario de Invierno’.

Cuando despierto de este pequeño trance, Paul Auster ya no está. Me giro y creo verle alejándose entre la multitud, cuando de repente se para y le dirige unas palabras a un hombre más joven que él. Segundos después el escritor de Brooklyn sigue su camino, y el hombre más joven se gira en mi dirección. Karl Öve Knausgard, su media melena canosa y ese aire de rockero empedernido se acercan. Cuando está a mi altura simplemente me habla como si nos conociéramos de toda la vida, y me hace comentarios sobre el cercano lanzamiento en España del tercer tomo de ‘Mi Lucha’, su mayor obra y una de las más ambiciosas y meritorias de la historia reciente de la literatura europea. Yo, anonadado ante el desfile de personalidades literarias contemporáneas, sigo sus pasos, calle Preciados arriba, y observo como fuma un cigarro tras otro. Siempre me lo imaginaba así en los dos primeros tomos de ‘Mi Lucha’, sin parar de fumar mientras me estaba contando lo agridulce de su propia existencia, la vida en Suecia para un noruego que huye de la encerrona de los conflictos familiares y sentimentales.

Cuando casi estamos en la Plaza de Callao corta abruptamente su voz y tira el cigarro al suelo. El humo se queda flotando a nuestro alrededor hasta que una espontánea racha de viento se lo lleva calle abajo. Karl Öve me mira, como si esperara alguna pregunta concreta sobre sus libros. Yo digo lo primero que se me ocurre, lo emocionante que me resultó el tramo de ‘Un hombre enamorado’ en el que detallaba el nacimiento de su primera hija. Dicho esto, y con una media sonrisa fría pero conciliadora me dice: “Lo siento, pero odio las entrevistas”. Y sin más, se va por Gran Vía, hacia Plaza de España.

Está atardeciendo pero aún queda luz suficiente para no recurrir al alumbrado público. Mientras, mi asombro no hace más que aumentar, y al mismo tiempo mantengo esa extraña sensación en la que no sabes si lo que acabas de ver ha sido real o sólo lo has soñado. Pero el movimiento se demuestra andando, y doy un paso tras otro en la dirección opuesta a la que Knausgard tomó. Caminando Gran Vía arriba me siento Richard Ashcroft en el videoclip de ‘Bitter Sweet Symphony’ y para ponerme en situación tarareo mentalmente la canción. Pero el tarareo termina sólo unos segundos después, cuando a la altura de la calle Fuencarral me cruzo con Eduardo Mendoza. Mi opinión con respecto a él, más allá de lo que me han gustado sus libros, se limita a los fotos de contraportada y a una entrevista que le hicieron hace unos años en La 2, y todo ello ha logrado formar una imagen cercana a la bondad y la ternura.

No puedo evitar saludarle. Él me recibe con la amabilísima sonrisa que le caracteriza mientras le cuento con todo el énfasis que puedo lo muchísimo que me gustó ‘La verdad sobre el caso Savolta’, tanto por la documentación histórica de principios del siglo XX como por el detectivesco argumento que nos relata. Si te encuentras con Mendoza, y aunque posiblemente esté harto de ello, no puedes evitar una referencia a ‘Sin noticias de Gurb’ y las innumerables risas que me proporcionaron sus escasas páginas mientras imaginaba esa Barcelona en transición hacia unos Juegos Olímpicos que fueron un éxito, pero que como toda ciudad ante un evento como ese pasa y sufre un inevitable reguero de decisiones políticas, algunas más explicables que otras.

Después de una ligera y amena conversación que ahora mismo no recuerdo, nos despedimos en la unión de Gran Vía y Alcalá, mientras le prometo que en cuanto pueda leeré ‘La ciudad de los prodigios’. Dejo a Eduardo Mendoza bajando hacia la Plaza de Cibeles con esa embriagadora imagen que forman la misma estatua de Cibeles, el Palacio de Linares, el Palacio de Comunicaciones y la Puerta de Alcalá.

Subo la calle hacia la Puerta del Sol, echo un vistazo a un restaurante y veo en su interior a Julian Barnes, Michel Houellebecq y Enrique Vila-Matas charlando acaloradamente, pero ya he tenido sobredosis de celebridad literaria por hoy y sigo mi camino. Al fondo está la cafetería de la que salí un par de horas antes, impertérrita ante todo lo que ha pasado. Mi mesa sigue libre y vuelvo a ocuparla, apoyo mi espalda en el respaldo de la silla y cierro los ojos durante unos segundos. Al abrirlos, el cuerpo me pesa, somnoliento, y reparo de nuevo en mi capuccino y en la cascada de té que se precipita desde la mesa de al lado.

 

Raúl Montes

SSSTENDHAL magazine
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